Hijas y esposas
Hijas y esposas Molly paseó por uno de sus lugares favoritos desde que era pequeña. Antes de salir de casa, algo había ocurrido que la obligó a preguntarse hasta qué punto era correcto, a fin de mantener la paz doméstica, pasar por alto sin más comentarios las pequeñas faltas que la gente percibe en aquellos con quienes convive. O si, ya que cada uno pertenece a una familia con un propósito concreto, y no sólo por azar, su destino en la vida no lleva aparejados algunos deberes: es decir, si uno pasa por alto esas faltas, ¿no se rebaja el nivel moral de la conducta de quienes le rodean? Pero la aplicación práctica de todos esos pensamientos la sumía en la perplejidad, pues ignoraba si su padre estaba al corriente de las constantes falsedades de su madre, y si su ceguera era o no voluntaria. Y le pareció que, a pesar de estar segura de que no había distanciamiento alguno entre los dos, siempre se interponía algún obstáculo en el curso normal de sus relaciones; y con un suspiro se dijo que, si él hiciera valer su autoridad, podría recuperar la antigua intimidad que tenía con ella, y podrían charlar y salir a pasear y bromear como antes, y volvería a reinar esa confianza entre ambos; cosas, todas ellas, que su madrastra, como el perro del hortelano, ni valoraba ni permitía que Molly las disfrutara. Pero, al fin y al cabo, Molly era una muchacha, apenas salida de la infancia; y, en mitad de sus graves lamentos y perplejidades, su mirada diviso unas zarzamoras maduras en lo alto de uno de los setos que flanqueaban la vereda, entre escaramujos carmesíes y hojas verdes y rojizas. A ella no le entusiasmaban las zarzamoras, pero había oído decir a Cynthia que le gustaban; y además era delicioso trepar para cogerlas, así que se olvidó de sus problemas y empezó a escalar el seto, y, después de agarrar aquel trofeo casi inaccesible, descendió triunfante y las colocó en una enorme hoja que iba a servirle de cesto. Probó un par, pero las encontró tan insulsas como siempre. La falda de su hermoso vestido estampado se había desgarrado en los frunces, y, aunque apenas había probado las bayas, «sus hermosos labios de zarzamora estaban manchados y teñidos» cuando acabó de recogerlas y se dirigió a su casa, con la esperanza de subir enseguida a su habitación y coser el vestido antes de que ofendiera la pulcra mirada de la señora Gibson. La puerta principal era muy fácil de abrir desde el exterior, y Molly se adentró en la penumbra del vestíbulo; vio asomar una cara en el comedor antes de poder reconocerla; y entonces apareció la señora Gibson, que le hizo señas de que entrara. Una vez dentro, la señora Gibson cerró la puerta. La pobre Molly esperaba una reprimenda por el vestido desgarrado y su aspecto sucio, pero enseguida la alivió la expresión de su madrastra: misteriosa y radiante.