Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Es sólo cuestión de dinero, querida. Y papá ha sido tan amable… Quiere que vayas; cree que debes mantener la relación con esos parientes; y va a darte diez libras.

—¡Qué amable es! —dijo Cynthia—. Pero no puedo aceptarlas. Ojalá te hubiera conocido hace diez años. Ahora sería una persona totalmente distinta.

—¡No te preocupes por eso! Nos gustas tal como eres; no queremos que seas de otra manera. Papá se ofenderá mucho si no aceptas el dinero. ¿Por qué vacilas? ¿Crees que a Roger no le gustaría?

—¡Roger! No, no era en él en quien pensaba. ¿Por qué iba a importarle? Habré ido y vuelto antes de que llegue a enterarse.

—¿Entonces irás? —dijo Molly.

Cynthia se lo pensó unos instantes.

—Sí, iré —dijo por fin—. No me parece sensato, pero estará bien. Iré. ¿Dónde está el señor Gibson? Quiero darle las gracias. ¡Oh, qué amable es! ¡Molly, eres una chica muy afortunada!

—¿Yo? —dijo Molly, un tanto sorprendida, pues llevaba tiempo pensando que todo iba mal, y que las cosas jamás volverían a enderezarse.

—¡Ahí está! —dijo Cynthia—. Acabo de oírle en el vestíbulo.


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