Hijas y esposas
Hijas y esposas Cynthia cantó esa tonadilla de una manera tan alegre que a Molly le desconcertó, como tantas otras veces, su cambio de humor, pues media hora antes, al rechazar la invitación, la había visto triste y apagada. De pronto cogió a Molly por la cintura y comenzó a valsar con ella por la sala, para peligro de varias mesitas cubiertas de objets d’art (como a la señora Gibson les gustaba llamarlos). Pero ella los esquivó con su habitual destreza; y al final las dos pararon ante el asombro de la señora Gibson, que había aparecido en la puerta, y observaba el baile que se representaba ante sus ojos.
—Por el amor de Dios, espero que las dos no os hayáis vuelto locas. ¿Qué es este alboroto?
—Es sólo que estoy tan contenta de ir a Londres, mamá… —dijo Cynthia, con cierta gazmoñería.
—No creo que sea muy correcto que una jovencita pierda así la cabeza ante la perspectiva de un poco de diversión. En mi época, lo que más nos complacía cuando nuestro enamorado estaba ausente era pensar en él.
—Pues lo normal sería que sufrierais y os sintierais desdichadas por tenerle lejos. Pero, a decir verdad, me había olvidado por completo de Roger. Espero no haber obrado mal. Tendría que pensar más en él, aunque creo que Osborne ya se preocupa por los dos. ¡Qué mala pinta tenía ayer!