Hijas y esposas
Hijas y esposas —Bueno, querida, es un pensamiento muy natural. Por el bien de Roger, es mejor que el noviazgo no sea muy largo; después de todo, sólo estaba respondiendo a la pregunta de Molly. A veces una se deja llevar por sus propios pensamientos. Todo el mundo ha de morir, ya lo sabes: jóvenes y viejos.
—Si alguna vez llegara a sospechar que Roger pensara algo parecido —dijo Cynthia—, no volvería a hablarle en la vida.
—¡Como si eso fuera posible! —dijo Molly, con la misma vehemencia—. Ya sabes que a Roger jamás se le pasaría por la cabeza pensar algo así; no deberías decir eso de él, Cynthia… ¡No, ni por un momento!
—No veo qué mal hay en mis palabras —dijo la señora Gibson, quejumbrosa—. A todos nos sobrecogió verle tan enfermo, y lo siento mucho por él; pero la enfermedad no siempre lleva a la muerte. Supongo que en esto estaréis de acuerdo conmigo. ¿Qué mal hay en decirlo, por tanto? Entonces Molly me pregunta qué sucederá si muere, y yo intento contestarle. No es que me guste especialmente hablar de la muerte; pero sería carecer de entereza no prever sus consecuencias. Y creo que en algún lugar se nos ordena hacerlo, no sé si en la Biblia o en el devocionario.
—¿Acaso prevés las circunstancias de mi muerte, mamá? —preguntó Cynthia.