Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Y la quieren tanto que no sé cuándo la tendremos de nuevo aquí. —Con esta frase la señora Gibson concluyó su relato—. Y ahora, Molly, dime, ¿qué habéis hecho? En tu carta parecías muy alegre. No tuve tiempo de leerla en Londres; así que me la puse en el bolsillo y la leí en el coche, de vuelta a casa. Pero, mi querida niña, se te ve muy pasada de moda con ese vestido tan ajustado, y con esos rizos que te caen sobre los hombros. Los rizos ya no se llevan. Tenemos que hacer algo con tu pelo —añadió, intentando alisar las ondas negras de Molly.

—Le envié a Cynthia una carta de Roger —dijo Molly con timidez—. ¿Sabes algo de lo que decía?

—¡Ah sí, pobre niña! Dejó a Cynthia muy intranquila, creo; incluso dijo que no tenía ganas de ir al baile del señor Rawson, que se celebraba esa noche, y para el cual la señora Kirkpatrick le había regalado el vestido de noche. Pero la verdad es que tampoco contaba nada muy preocupante. Roger sólo decía que había tenido un poco más de fiebre, pero que se encontraba mejor cuando escribió la carta. Dice que en esa parte de Abisinia donde está, todos los europeos tienen que pasar las fiebres para aclimatarse.

—¿Y Cynthia fue al baile? —preguntó Molly.


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