Hijas y esposas
Hijas y esposas No saber cómo se encontraría Roger en esos momentos se le hacía casi insoportable. Probablemente aún pasaría un mes antes de tener nuevas noticias suyas, y por entonces Cynthia ya habría vuelto. Molly empezó a desear el regreso de su hermanastra cuando aún no habían pasado dos semanas desde su partida. Jamás se le había ocurrido que pasar tantas horas a solas con su madre pudiera llegar a ser tan agotador. Quizá era su delicado estado de salud, consecuencia del rápido crecimiento experimentado en los últimos meses, lo que la ponía tan irritable; pero lo cierto es que muchas veces tenía que levantarse y salir de la habitación para calmarse después de escuchar la larga reata de palabrería con que la obsequiaba su madrastra, casi siempre más quejosas que alegres, y que al final no transmitía una impresión clara de lo que pensaba o sentía. Siempre que algo iba mal; siempre que el señor Gibson insistía en hacer algo que a ella no le agradaba; siempre que la cocinera cometía un error al preparar la cena, o que la doncella rompía alguna cosilla frágil; siempre que Molly no se peinaba a su gusto, o que un vestido no le sentaba bien, o que el olor de la cena invadía la casa, o venían unas visitas indeseadas, o las que deseaba no venían; en resumen, siempre que algo iba mal, se lamentaba y lloraba la pérdida del pobre señor Kirkpatrick, y casi le culpaba de lo ocurrido, como si, de haberse tomado la molestia de vivir, pudiera haberlo evitado.