Hijas y esposas
Hijas y esposas —Cuando recuerdo aquellos dÃas felices, tengo la impresión de no haberlos apreciado en su justo valor. Éramos jóvenes, nos querÃamos, ¡qué nos importaba la pobreza! Recuerdo que mi querido señor Kirkpatrick tuvo que andar ocho kilómetros hasta Stradford para comprarme un bizcocho porque tuve ese capricho después de que naciera Cynthia. No es que me queje de tu querido papá… pero no creo… bueno, quizá no deberÃa decÃrtelo. Si el señor Kirkpatrick se hubiese cuidado esa tos… pero ¡era tan terco! Los hombres siempre son asÃ, creo. Y la verdad es que fue muy egoÃsta por su parte. Creo que no se paró a considerar el estado de desamparo en que me dejaba. Y para mà fue especialmente duro, pues soy muy cariñosa y sensible. Recuerdo un poema del señor Kirkpatrick en el que comparaba mi corazón a una cuerda de arpa, que vibra con la más leve brisa.
—CreÃa que para que suene una cuerda de arpa se necesita tener dedos fuertes —dijo Molly.
—Mi querida niña, eres tan poco poética como tu padre. ¡Y mÃrate el pelo! Nunca lo has llevado peor. ¿Es que no puedes mojártelo, a ver si se te van esos rizos y tirabuzones tan feos?