Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Sería estupendo —dijo la señora Gibson, calculando rápidamente los cambios que requeriría su economía familiar para recibir a una joven dama acostumbrada a un ambiente como el de los Kirkpatrick, y también los inconvenientes, comparándolos con las probables ventajas.

—No me digas que no te gustaría, Cynthia. Y a ti también, Molly. Ya verás, querida, conocerás a una de las primas de Cynthia, y no me cabe duda de que ella te devolverá la invitación. ¡Y eso sería estupendo!

—Y yo no la dejaría ir —dijo el señor Gibson, que había adquirido el desafortunado don de leer el pensamiento de su mujer.

—¡La querida Helen! —prosiguió la señora Gibson—. Me gustaría tanto cuidarla, y podríamos transformar el consultorio en una salita para ella, querido. —Ni que decir tiene que en la balanza habían pesado más los inconvenientes de tener durante semanas a una persona entre bastidores—. Pues una enferma necesita mucha tranquilidad. En nuestra sala, por ejemplo, la molestarían continuamente las visitas; y el comedor es tan… ¿cómo lo expresaría?… tan para comer. Siempre huele a comida; otra cosa sería si tu papá me permitiera abrir una ventana…

—¿Y por qué no convertimos el vestidor en su dormitorio, y la pequeña habitación que da a la sala en su salita? —preguntó el señor Gibson.


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