Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—La biblioteca —pues éste era el nombre que la señora Gibson había elegido para dignificar el aposento que antes se conocía como el gabinete de lectura—, bueno, ahí apenas cabría un sofá, además de los libros y el escritorio, y hay corrientes por todas partes. No, querido, mejor será que no la invitemos; al fin y al cabo, su casa es muy cómoda.

—Bueno, bueno —dijo el señor Gibson, viendo que iba a salir derrotado en un asunto que no le interesaba tanto como para mostrarse belicoso—. Puede que tengas razón. Se trata de un caso de lujo versus[61b] aire puro. Hay gente que sufre más por la falta de uno que por la falta del otro. Ya sabes que estaría encantado de atenderla si quiere venir, y nos acepta como somos, pero no puedo renunciar al consultorio. Es una necesidad, ¡el pan nuestro de cada día!

—Le escribiré para contarle lo amable que ha sido el señor Gibson —dijo su esposa, muy alegre, cuando su marido salió del comedor—. ¡Le estarán igual de agradecidos que si hubiese venido!

Ya fuera por la enfermedad de Helen, o por alguna otra causa, después del desayuno Cynthia pareció apagada y ausente, y así siguió todo el día; ahora comprendía Molly por qué su actitud había sido tan voluble todos esos meses, y por eso estuvo con ella cariñosa e indulgente. Hacia la noche, cuando se quedaron a solas, Cynthia se acercó a Molly, aunque ocultándole la cara.


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