Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Pero no había nadie más con ella, ¿o sí? —preguntó ansiosa una de las señoras, mientras la señora Goodenough hacía una pausa para acabar su trozo de pastel.

—No: he dicho que parecía que iba a encontrarse con alguien… y al cabo de unos momentos aparece el señor Preston, que sale corriendo del bosque cerca de donde estaba Hannah y le dice: «Un vaso de agua, por favor, buena mujer, pues hay una señorita que se ha desmayado, o le ha dado un ataque de histeria, no sé». Y, aunque él no conocía a Hannah, ella sí le conocía a él. Y aún puedo decirles más, algo que vi con mis propios ojos. Vi cómo Molly le entregaba una carta en la tienda de Grinstead, ayer mismo, y que él la miraba rojo de ira, pues ella no me vio, pero él sí.

—No veo nada malo en esa relación —dijo la señorita Airy—. ¿Por qué tanto misterio, entonces?

—Hay gente a quien le gusta el misterio —dijo la señora Dawes—. Cortejar a escondidas es más emocionante.

—Es lo mismo que la sal para la carne —intervino la señora Goodenough—. Pero no creo que Molly Gibson sea de ésas. No, no lo creo.

—Los Gibson se lo tienen muy creído, ¿verdad? —exclamó la señora Dawes; fue más una pregunta que una afirmación—. La señora Gibson ha venido a visitarme.


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