Hijas y esposas
Hijas y esposas —No diga que la muchacha está obrando mal. No vuelva a decir eso de Molly Gibson, a quien conozco de toda la vida. Es un poco raro, si quiere. Yo también era rara de muchacha; no podÃa soportar que me sirvieran un plato de grosellas, sino que tenÃa que esconderme tras una mata y cogerlas por mà misma. La gente tiene sus gustos, aunque no creo que sea éste el de la señorita Browning, en cuya casa habÃa que ir a cortejar ante las narices de toda la familia. Lo único que he dicho es que me sorprendÃa en alguien como Molly Gibson; y que me parecÃa algo más propio de la hermosa Cynthia, como la llaman; de hecho, hubo una época en que creÃa que el señor Preston iba detrás de ella. Y ahora, señoras, les deseo buenas noches. No me gusta el derroche, y me temo que Sally deja que la vela del guardabrisa se consuma, en lugar de apagarla, como le tengo dicho, cuando tiene que esperarme.
Y asÃ, tras las reverencias de rigor —un anticuado signo de cortesÃa que nunca se omitÃa en aquella época—, las señoras se despidieron, no sin agradecerle a la señora Dawes aquella agradable velada.