La casa del paramo

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VII

Al día siguiente apareció el señor Henry. Era un individuo silencioso y delgado como un junco, con una inteligencia y un refinamiento notables y una afición por la música que cautivó a Erminia, a quien había horrorizado bastante su visita. Pero, cuando entró en el sanctasanctórum del señor Buxton, su «despacho», como llamaba al cuarto donde recibía a sus arrendatarios y a los hombres de negocios, el señor Henry dejó a un lado esta faceta de su carácter. Frank pensó que los modos del señor Henry no eran todo lo corteses que cabría desear cuando fue incapaz de disimular su asombro y su desprecio por el desorden que reinaba en la biblioteca y en los libros de contabilidad. El propio señor Buxton se sintió como un colegial recitando una lección que no se sabía, una sensación que no había vuelto a experimentar desde los trece años.

—Lo único que me sorprende, querido señor, es que todavía le queden a usted propiedades; que no le hayan estafado ya hasta el último penique.

—Respondo de ello —exclamó el señor Buxton—. Ya verá cómo nadie me ha engañado. No se atreverían, señor; saben que impondría un castigo ejemplar al primer granuja que descubriera.

El señor Henry arqueó las cejas, pero no dijo nada.


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