La casa del paramo
La casa del paramo —Además, señor Henry, la mayorÃa de esos hombres llevan viviendo generaciones en tierras de los Buxton. Estoy seguro de que no me engañan, pondrÃa la mano en el fuego.
El señor Henry comentó frÃamente:
—La mejor prueba de la honradez de esos arrendatarios serÃa que un contable revisara minuciosamente los libros. Si usted me lo permite, escribiré a un tipo muy inteligente que conozco para que venga a intentar poner orden en este montón de papeles.
—Como a usted le parezca… haga lo que crea conveniente —repuso el señor Buxton, dispuesto a cualquier cosa para librarse cuanto antes de la frialdad y el desdén con que el administrador trataba el asunto.
Llegó el contable, y pasó varios dÃas encerrado en el despacho con el señor Henry. El señor Buxton respondÃa desconcertado a sus preguntas. El abogado le interrogaba como si fuera un testigo renuente obligado a declarar. A menudo deseaba ardientemente haber continuado con sus viejos métodos hasta el final de sus dÃas, en lugar de ponerse en manos de un administrador; pero le consolaba pensar que al menos se convencerÃan de que nunca habÃa dejado que le engañaran o abusaran de él, aunque no pudiera presumir de precisión.