La casa del paramo
La casa del paramo Cuál no sería su consternación cuando una mañana el señor Henry requirió su presencia, y en voz alta, fría y clara le leyó un informe admirablemente redactado donde se comunicaba al terrateniente los desfalcos o, mejor dicho, los abusos de aquéllos en quienes había confiado. Si hubiera estado solo, el señor Buxton se habría echado a llorar al ver cómo habían traicionado su confianza. Pero, dado que no era así, prefirió montar en cólera.
—Los llevaré a los tribunales. Nadie quedará impune. Tendrán que devolverme hasta el último penique. Y les reclamaré también daños y perjuicios. ¿Ha dicho usted Crayston, señor? ¿Era ése uno de los nombres? ¡Diablos! Se trata del mismo Crayston que fue muchos años administrador de mi padre. ¡El muy sinvergüenza! Y lo instalé en mi mejor granja cuando se casó. Y ha estado estafándome… ¿no es eso?
El señor Henry revisó las partidas de su cuenta:
—421 libras, 13 chelines, 4,75 peniques. Me temo que no podremos recuperar la parte de…
El señor Buxton le interrumpió cortante:
—Pues yo lo haré. Me devolverá hasta el último penique. Llevaré a los tribunales a esa víbora. Me da igual el dinero, pero aborrezco la ingratitud.
—Si lo desea, puedo asesorarme sobre el caso —dijo el señor Henry con frialdad.