La casa del paramo

La casa del paramo

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—La vista es muy hermosa. Pensar en la soledad que debe de reinar en las hondonadas de esas colinas me complace hoy especialmente. ¡Oh, Maggie! Es uno de esos momentos en los que los hombres y el mundo me sumen en el abatimiento. En casa hemos pasado un día tan lleno de dolor, revelaciones, remordimientos y arrebatos. Ha venido Crayston, el viejo arrendatario de mi padre. Parece ser, y me temo que no hay ninguna duda, que nos ha robado mucho dinero. Mi padre ha sido demasiado descuidado, y algunos de sus arrendatarios no han podido resistir la tentación de estafarle; y Crayston, un anciano con una familia muy numerosa y despilfarradora, es uno de los culpables. Le ha llegado la noticia de que mi padre piensa denunciarlo, y ha venido a confesarlo todo, y a pedir no sólo perdón, sino también un poco de tiempo para devolver lo que pueda. Supongo que hace un mes mi padre le habría escuchado; pero ahora las palabras del señor Henry le incitan a vengarse, y se ha dejado llevar por la cólera. Ha sido una mañana verdaderamente angustiosa. Es como si hubiera aflorado lo peor de cada cual. Además Crayston, a pesar de su arrepentimiento y de su aparente franqueza, ha tenido que ser duramente interrogado por el señor Henry para confesar toda la verdad. ¡Santo Dios! El dinero, ¿cómo puede corromper de ese modo a los hombres? El dinero y lo que se puede conseguir con él han sido los causantes de esta degradación. Y al señor Henry, para defender el dinero de su cliente y salvaguardarlo, le da igual (ni siquiera es consciente de ello) azuzar el envilecimiento de un carácter. Ha estado animando a mi padre a tomar medidas que sólo pueden considerarse vengativas. Crayston tiene que servir de ejemplo, dicen los dos. ¡Como si mi padre no tuviera la mitad de la culpa! ¡Como si hubiera cumplido a la perfección con sus deberes de hombre acaudalado! Despreciaba el dinero, pero debía haber recordado que era tan valioso como la vida para muchos, que suspiraban por él y lo codiciaban, hasta que el oscuro deseo prevaleció sobre los principios, como ha ocurrido con el pobre Crayston. Dicen que en el pasado fue muy leal, y ahora no sabe lo que es la dignidad; y es cierto que ha perdido la noción de lo legítimo. Me asusta la riqueza. Me asusta la responsabilidad que lleva aparejada. En cualquier caso, me gustaría haber nacido pobre y abrirme camino en la vida hasta alcanzar una posición desahogada. Así podría comprender y recordar las tentaciones de la pobreza. Tengo miedo de que mi propio corazón se endurezca como el de mi padre. No puedes imaginarte lo implacable que se ha mostrado hoy, Maggie. ¡Ha sido algo nuevo incluso para mí!


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