La casa del paramo
La casa del paramo —Se le pasará enseguida —dijo ella—. Tiene que estar muy disgustado con ese hombre.
—Si yo creyera que algún dÃa podÃa llegar a ser tan indiferente y tan cruel a las serviles súplicas de un delincuente como lo ha sido mi padre esta mañana, me marcharÃa a Australia ahora mismo. Creo que es lo que tendrÃamos que hacer nosotros. Se me parte el alma cuando pienso en la corrupción y la maldad de una sociedad tan caduca como la inglesa. ¿Qué me dices, Maggie? ¿IrÃas conmigo?
Ella se quedó en silencio, pensativa.
—No dudarÃa en acompañarte si fuese lo que habÃa que hacer —respondió finalmente—. Pero ¿estarÃa bien? Pienso que serÃa un acto de cobardÃa. Comprendo lo que dices, pero ¿no crees que serÃamos más valientes quedándonos y soportando problemas y sinsabores? Ya sabes el bien que pueden hacer quienes ven con claridad el mal. Y estoy hablando como si tú y yo fuéramos libres y no tuviéramos obligaciones familiares.
—Pero ¿qué podemos hacer nosotros? Si no somos más que un grano de arena en el desierto, ¿cómo vamos a cambiar todo un paÃs?
—Si no soy capaz —contestó Maggie, riendo— de cambiar las costumbres anticuadas de Nancy, ¿cómo voy a pretender cambiar una nación?