La casa del paramo
La casa del paramo —¡Maggie! ¡Maggie! Baja a abrirme. Por el amor de Dios, no hagas ruido. Nadie debe saber que estoy aquí.
Maggie creyó desfallecer. Algo iba mal, era evidente; y se sentía débil y agotada. Sin embargo, bajó la vieja escalera intentando que no crujiese, descorrió el pesado cerrojo y dejó entrar a su hermano. Advirtió que su ropa estaba completamente mojada, y le guió con pasos sigilosos hasta la cocina, donde cerró la puerta y atizó el fuego antes de decir nada. Él se desplomó en una silla como si estuviera extenuado. Ella le miró, a la espera de alguna explicación. Pero, cuando vio que su hermano no podía hablar, se apresuró a prepararle una taza de té; y, agachándose, le quitó las botas húmedas, le ayudó a despojarse del abrigo y le envolvió en su propia manta escocesa. Durante ese tiempo, fue sintiéndose más y más acongojada. Edward le dejaba hacer como si fuera un autómata; con la cabeza baja, los brazos caídos a ambos lados y la mirada desafiante clavada en el fuego. Cuando Maggie le trajo el té, Edward habló por primera vez, pero su voz era tan ronca que, para que ella pudiera oírle, tuvo que repetir lo que decía.
—¿No hay brandy?