La casa del paramo

La casa del paramo

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Maggie tenía la llave de la pequeña bodega y fue a buscarlo. Pero, cuando cogió una cucharilla para medir el brandy, Edward alargó una mano trémula, agarró la botella, se sirvió una cantidad en la taza vacía y la apuró de un trago. Volvió a recostarse en la silla, pero poco después salió de su ensimismamiento, y pareció más fuerte.

—Edward, querido Edward, ¿qué sucede? —exclamó Maggie, finalmente; pues su hermano se había puesto en pie y se dirigía tambaleante hacia la puerta, como si se dispusiera a volver a la lluvia y a la claridad del alba.

Cuando ella le puso la mano en el hombro, él la miró con furia.

—¡Maldita sea! ¡Ni se te ocurra tocarme! ¡No me quedaré aquí para que me cojan y me cuelguen!

Por unos instantes, Maggie pensó que estaba loco.

—¿Qué te cojan y te cuelguen? —repitió ella—. ¡Mi pobre Edward! ¿Qué quieres decir?

Él se desplomó en una silla, muy cerca, y ocultó el rostro entre las manos. Cuando habló, su voz era débil y suplicante.

—¡La policía me persigue, Maggie! ¿Qué voy a hacer? ¡Oh! ¿Podrías esconderme? ¿Podrías salvarme?


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