La casa del paramo

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—Pero, mi querido Edward, la policía no te persigue, ¿verdad? —dijo la señora Browne, consciente por primera vez de la gravedad del caso.

—Creo que sí —contestó él—. Pero después de lo que el señor Buxton ha prometido esta mañana, eso ya no importa demasiado.

—No ha prometido nada —exclamó Maggie.

Edward se volvió bruscamente hacia ella y la miró. Luego la cogió por las muñecas sin la menor delicadeza, y le dijo con los dientes apretados:

—¿Qué pretendes decir, Maggie? ¿Qué pretendes decir? —repitió, zarandeándola un poco—. ¿Seguirás aferrándote a tu novio contra viento y marea, y dejarás que deporten a tu hermano? Vamos, di algo… ¿acaso no puedes?

Ella levantó la vista e intentó responderle, pero las palabras no le salían de la garganta seca. Finalmente, hizo un esfuerzo casi sobrehumano.

—Tienes que darme algún tiempo para pensar. Haré lo más justo, con la ayuda de Dios.

—Como si lo «justo», y esa clase de pamplinas, no fuera salvar a tu hermano —dijo él, soltando con violencia las manos de su hermana.

—Necesito estar sola —contestó Maggie, levantándose y tratando de mantenerse en pie en aquella estancia tambaleante.


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