La casa del paramo
La casa del paramo Oyó hablar a Edward y a su madre, pero sus palabras carecían de sentido para ella y abandonó la sala. Cuando se disponía a salir por la puerta de la cocina, se acordó de Nancy, sola y desvalida toda aquella larga mañana; y, sobreponiéndose a su deseo apremiante de buscar la soledad, cumplió pacientemente con sus pequeños deberes y preparó el desayuno de la anciana fámula[20a].
Cuando se lo llevó al piso de arriba, Nancy dijo:
—Algo malo sucede. Puedo leerlo en tu dulce rostro, tesoro. No te molestes en contármelo… pero no llores así. Rezaré por ti, mi niña, y verás cómo Dios te ayuda.
—Gracias, Nancy, ¡necesito que lo hagas! —dijo Maggie, y salió del dormitorio.