La casa del paramo
La casa del paramo Los ojos de la pequeña Maggie se llenaron de lágrimas, y no volvió a hablar con Edward, ni con nadie, de su difunto padre. A medida que fue creciendo su vida se hizo cada vez más activa. La casa, los establos y cobertizos, el jardÃn y el terreno eran de la familia, y dependÃan en gran parte de lo que producÃan. Maggie pasaba mucho tiempo con la vaca, el cerdo y las aves de corral. Ella y la señora Browne tenÃan que ocuparse de muchas tareas domésticas; y sólo cuando las camas estaban hechas, las habitaciones barridas y la comida lista, Maggie podÃa sentarse a estudiar si le sobraba un poco de tiempo. Ned, que se preciaba mucho de ser varón, se pasaba la mañana sentado en el sillón de su padre, en el pequeño gabinete de lectura, «estudiando», como le gustaba decir. Maggie a veces entraba unos instantes y le pedÃa ayuda para subir el jarro de agua por la escalera, o algo parecido; y él normalmente accedÃa, pero se quejaba tanto de las interrupciones que ella acabó diciendo que no volverÃa a molestarlo. A pesar de la dulzura con que pronunció estas palabras, a él le pareció un reproche e intentó disculparse.
—Verás, Maggie: para ser un caballero, un hombre ha de tener cierta cultura. A una mujer sólo se le pide que sepa llevar la casa. De modo que mi tiempo es más valioso que el tuyo. Dice mamá que debo ir a la universidad para convertirme en clérigo, asà que tengo que estudiar mucho latÃn.