La casa del paramo

La casa del paramo

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Desde que Edward se había marchado de casa, Maggie había ido cobrando cada vez mayor importancia en ella. Su buen juicio e incansable generosidad sólo podían ayudarla a progresar en la vida. Su madre la respetaba y se apoyaba mucho en ella; pero no la quería demasiado, y, en cualquier caso, su amor era frío y desabrido en comparación con el que sentía por Edward, el hijo que la colmaba de orgullo. Cuando éste, casualmente, pasaba unos días en casa, el semblante de la señora Browne irradiaba felicidad, y Edward incluso protestaba por sus excesivas muestras de cariño. Cuando Maggie veía cómo su hermano apartaba la mano que se disponía a acariciarle el pelo con cariño como en sus días infantiles, latía en ella el deseo de recibir alguno de aquellos gestos desperdiciados de amor de madre. Por lo demás, volvía a ocupar con mansedumbre su habitual segundo plano, sin importarle que menospreciaran su opinión o ignoraran sus deseos mientras Edward estuviera en casa. Empezaba a censurar y a lamentar algunas de las cosas que veía en él. Sus modales llamativos le disgustaban; y el hecho de que su escala de valores morales fuera tan deficiente despertaba en ella unos sentimientos aún más graves y profundos. «Agudo e inteligente» o «torpe y obtuso» eran para él sinónimos de «bueno» y «malo». Y, aunque a Edward ni le pasara por la cabeza la posibilidad de serlo, lo cierto es que era un hombre torpe y estrecho de miras; demasiado ciego y obtuso para percibir la belleza y la eterna sabiduría de la bondad.


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