La casa del paramo

La casa del paramo

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Erminia y Maggie se hicieron grandes amigas. Erminia solía pedir a Maggie que fuera a verla, hasta que ésta puso fin a esa costumbre; pues advirtió que su madre le permitía ir con demasiada frecuencia para jactarse de que su hija era una invitada del señor Buxton ante los pocos conocidos que seguían visitándola. Entonces Erminia le propuso ir ella a pasar unos días en casa de su madre, lo que redobló el orgullo de la señora Browne; pero ésta hizo tantos preparativos, armó tanto revuelo y se tomó tantas molestias que acabó postrada en la cama durante toda la estancia de la invitada. Y Maggie comprendió que tendría que renunciar al placer de volver a invitar a su amiga, ya que era imposible convencer a su madre de que no intentara emular los lujos y comodidades que Erminia tenía en casa; puesto que, como observó sagazmente Nancy, mientras la joven dama estuviera con su querida señorita Maggie, le tenía sin cuidado comer gelatina o gachas, o si los platos eran de vulgar loza de Delft o de la más exquisita porcelana. Pasó la primavera y llegó el verano. Frank iba y venía entre Cambridge y Combehurst, obedeciendo a un motivo cuya fuerza sentía pero prefería no analizar. Edward vendió las propiedades del señor Buxton; y éste, encantado de cobrar la mitad del dinero (el resto se lo pagarían a plazos), y convencido de que su hijo volvía tan a menudo a casa para ver a Erminia, remuneró espléndidamente los servicios del joven abogado.


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