La casa del paramo

La casa del paramo

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Un día de verano, de los más calurosos que cabe imaginar, Maggie pasó una mañana muy ajetreada; hacía tanto bochorno que no quiso que Nancy ni su madre trabajaran demasiado. Bajó con el cántaro de barro —que tenía los mismos años que ella— a buscar agua al manantial; y, mientras el cántaro se llenaba, entre tintineos, la joven se sentó en el suelo. Hacía tan poco viento que podía oír el arrullo de las palomas torcaces en la lejanía. Las abejas zumbaban afanosas a su alrededor, entre las matas de brezo. En sintonía con aquellos sones apacibles y melodiosos, empezó a tararear una de las canciones de Erminia. Muy bajito, sin articular palabra; y su voz dulce se dejó llevar por la melodía. Cuando el cántaro estuvo lleno, se sobresaltó ante la repentina aparición de Frank. Creía que estaba en Cambridge y, por el motivo que fuera, su rostro, generalmente pálido, se puso rojo como la grana. Los dos tuvieron demasiada conciencia de ello como para decir algo. Maggie se agachó (murmurando unas palabras de sorpresa) para coger el cántaro.







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