La casa del paramo
La casa del paramo —No te vayas aún, Maggie —dijo él, poniendo una mano sobre la de ella para detenerla; cuando consiguió su propósito, sin embargo, olvidó quitarla—. He venido desde Cambridge para verte. No podÃa soportar la incertidumbre. Estaba tan impaciente por tener alguna certeza que he pasado la noche en Londres para sentir que estaba de camino, aunque sabÃa que con eso no llegarÃa ni un minuto antes. ¡Maggie, querida Maggie! ¡Estás toda temblorosa! ¿Te he asustado? Nancy me ha dicho dónde estabas, pero he sido un desconsiderado al llegar tan de improviso.
No fue la brusquedad de su aparición lo que conturbó a Maggie, sino la de su propio corazón, que empezó a palpitar con violencia al escuchar estas palabras. Se puso blanca como la cera y volvió a sentarse en el suelo. Pero se levantó de inmediato, y se quedó con la cabeza inclinada, vuelta hacia un lado. Aunque Frank habÃa soltado antes su mano, intentó cogerla de nuevo.
—Maggie, querida, ¿puedo hablar?
Vio cómo los labios de ella se movÃan, pero no oyó nada. Sintió una punzada de miedo: tal vez la joven no quisiera escucharle.
—¿Puedo hablar contigo? —repitió, cohibido.