La casa del paramo
La casa del paramo Ella intentó articular algún sonido, pero sin éxito; así que le miró. Sus dulces ojos grises no pudieron ser más elocuentes. Y más feliz de lo que sus palabras, sin duda tiernas y apasionadas, eran capaces de expresar, Frank le habló hasta que su temblorosa agitación se convirtió en rubor, y una tímida sonrisa asomó a sus labios formando dos hoyuelos en sus mejillas.
Empezó a desbordarse el agua del cántaro abandonado, y Maggie recordó, al fin, la prosaica realidad. Cogió la vasija de barro, y habría regresado corriendo a casa si Frank no se la hubiera arrebatado de las manos.
—De ahora en adelante —dijo él—, tengo derecho a llevar tu carga.
Y, después de rodearle la cintura con un brazo y de coger el cántaro con el otro, subieron por la empinada ladera de hierba. Cuando estaban cerca de la cima, ella quiso volver a cogerlo.
—A mamá no le gustará… Le parecerá muy extraño.
—¿Por qué, cariño? Si yo viera a Nancy con este cántaro, también se lo llevaría. Lo extraño sería que un hombre no se comportara así. Pero déjame contarle a tu madre por qué estoy en mi derecho de ayudarte. Es hora de comer, ¿no? Podría entrar a almorzar como uno más de la familia, ¿no te parece, Maggie?