La casa del paramo

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—No —respondió ella con dulzura; pues deseaba estar sola, y se sentía tan exhausta y alterada que temía que la reacción de su madre la abrumara—. Hoy no.

—¿Hoy no? —repitió él, en tono de reproche—. ¡No seas dura conmigo! Al menos déjame venir a tomar el té. Me marcharé ahora mismo si me invitas. Anda, déjame venir. Hablaré antes con mi padre. Ni siquiera sabe que estoy aquí. Pero volveré a tomar el té. ¿A qué hora exactamente? ¿A las tres? Oh, ya sé que lo tomáis tempranísimo; tal vez a las dos. Tendré mucho cuidado de llegar a tiempo.

—No vengas hasta las cinco, por favor. Tengo que contárselo a mamá; y necesito algo de tiempo para pensar. Todo esto parece un sueño. Venga, vete ya.

—Bueno, si no queda otro remedio… Pero mientras te veo no me siento en un sueño, sino en algún paraíso terreno.

Finalmente, se fue. Nancy esperaba a Maggie en el portón lateral.

—¡Válgame Dios, pequeña! ¡Cuánto has tardado! ¿Acaso se ha secado el manantial con este calor?

Maggie entró como una exhalación. Su madre se pasó el almuerzo quejándose. Ella le contestaba lo primero que se le ocurría, y sorprendió a su madre afirmando que «aquello» le parecía bien; cuando ese «aquello» era que la leche se había agriado con los truenos.


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