La casa del paramo
La casa del paramo —No conozco a nadie tan especial como tú, Maggie —exclamó su madre con bastante aspereza—. Te he visto desayunar dÃa tras dÃa un vaso de agua, cuando eras niña, porque habÃa una mosca en tu taza de leche; y ahora me dices que esto no importa, que lo otro da igual, que lo de más allá… como si pudieras comer las cosas que ha estropeado el calor. Has de saber que me duele tanto la cabeza que subiré a acostarme en cuanto acabemos de comer.
Si pensaba hacer eso, Maggie decidió que tenÃa que contárselo todo en ese mismo momento. Frank regresarÃa antes de que su madre se levantara para tomar el té. Pero le daba miedo hablar de lo dichosa que se sentÃa; como si la felicidad le recordara a una telaraña y cualquier roce pudiera desbaratarla.
—Espere un momento, mamá. Quédese sentada mientras le cuento una cosa. Por favor, mamá querida…
Maggie cogió un escabel y se sentó a los pies de su madre; y empezó a dar vueltas al anillo de boda que ésta llevaba en la mano, con la mirada baja, sin decir nada, hasta que la señora Browne se impacientó.
—¿Qué es lo que quieres decirme, hija mÃa? Vamos, date prisa, quiero irme arriba.
Armándose de valor, Maggie dijo:
—Mamá, Frank Buxton me ha pedido que me case con él.