La casa del paramo

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Ocultó unos instantes el rostro en el regazo de su madre; y luego lo levantó, tan radiante y luminoso como un cáliz de nenúfar bajo un sol resplandeciente.

—Maggie… no puede ser —exclamó su madre, con bastante incredulidad—. Es imposible, él está en Cambridge y hoy no llega el correo. ¿Qué quieres decir?

—Ha venido esta mañana, madre, cuando he bajado al manantial. Hemos acordado que yo hablaría con usted; y me ha pedido que le invitara a tomar el té.

—¡Santo cielo! ¡Y se nos ha agriado toda la leche! Tendríamos más si Edward no me hubiera convencido de que no comprara otra vaca.

—No creo que a Frank le importe mucho —respondió Maggie con dos hoyuelos en las mejillas, recordando, medio inconscientemente, lo poco que parecía importarle al joven cualquier cosa que no fuera ella.

—Pero ¡qué cosas dices! —exclamó la señora Browne, casi recuperada de su lasitud y de su dolor de cabeza—. Todo el mundo cree que está comprometido con la señorita Erminia. ¿Estás segura de no equivocarte, hija? ¿Qué te ha dicho exactamente? A los hombres les encanta pronunciar hermosos discursos; y las jóvenes son tan ingenuas que creen que se les está diciendo algo… Una vez conocí a una muchacha que, cuando un caballero regaló a su madre un lechón, imaginó que era una forma muy delicada de proponerle matrimonio a ella. ¿Puedes repetirme sus palabras?


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