La casa del paramo
La casa del paramo La señora Browne pasó la tarde con Maggie dando vueltas a la buena nueva. De vez en cuando se apartaba del asunto para hablar de Edward y lo beneficioso que serÃa aquel noviazgo para su futuro.
—Veamos… Está la casa de Combehurst, cuyo alquiler ascenderÃa a unas ciento cincuenta libras anuales, pero eso no lo contaremos. Y también están las canteras —como no habÃa encontrado una pizarra, la señora Browne sumaba con los dedos—, que supondrán unas doscientas libras anuales, pues no me creo esas historias del señor Buxton de que sólo gana con ellas siete peniques; y luego está Newbridge, que seguro que le reporta mil trescientas libras. ¿Cuánto llevo, Maggie?
—Mamá, será mejor que se eche un rato; parece muy acalorada —dijo Maggie con dulzura.
¿Cómo podÃa tener esa visión de su matrimonio con un hombre como Frank? Los comentarios de su madre la entristecieron más de lo que habÃa previsto; la excitación de la mañana empezaba a tener sus consecuencias, y Maggie querÃa estar sola bajo el espino, donde habÃa soñado pasar una tarde apacible y reflexiva.
Nancy entró para volver a colocar cucharas y vasos en la alacena. La cuidadosa criada rompió uno de éstos sin querer, y se apresuró a levantar la vista hacia su señora, que solÃa castigar esa clase de desaguisados con una buena reprimenda.