La casa del paramo
La casa del paramo —Da igual, Nancy —dijo la señora Browne—. No es más que un vaso viejo; Maggie se va a casar, y compraremos un juego nuevo para el banquete de boda.
Nancy las miró a las dos, perpleja; finalmente, su mente se iluminó, y su rostro devolvió una mirada cómplice y sagaz a la señora Browne. Luego dijo con toda tranquilidad:
—La próxima vez bajaré yo con el cántaro, a ver si tengo suerte… ¡Cuando pienso en la pena que me daba la señorita Maggie esta mañana! «Pobrecilla —me decÃa a mà misma—, verse obligada a pasar todo este tiempo en esa maldita fuente (no negaré que a veces digo juramentos cuando estoy sola… es algo que me apacigua) con lo cansada que está». Entonces pensé en bajar a ayudarla; pero supongo que otra persona corrió en su auxilio. ¿Puedo adivinar quién es el joven?
—¡Cuatro mil libras anuales, Nancy! —dijo la señora Browne, exultante.
—Y un semblante risueño, y un corazón generoso y tierno… y un paso airoso…, y una gran nobleza con ricos y pobres… Claro que sé su nombre… No va a necesitar ninguno de esos primorosos chalecos de algodón carmÃn que le he ido haciendo para un futuro marido vicario… Bueno, bueno, tarde o temprano, a todo el mundo le llega su oportunidad… aunque la mÃa está tardando.