La casa del paramo

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La fiel criada se acercó a Maggie y apoyó las manos cariñosamente sobre sus hombros. Maggie la abrazó, y besó su rostro moreno y marchito.

—Dios te bendiga, pequeña —dijo Nancy, con solemnidad.

Sus palabras devolvieron la paz a los más íntimos rincones del corazón de Maggie. Empezó a esperar la llegada de su amado, medio escondida tras las cortinas de muselina que la brisa de la tarde agitaba suavemente. Oyó un paso firme y ligero, y sólo alcanzó a ver fugazmente el rostro de Frank antes de apartarse de la ventana. Pero aquella mirada le bastó para comprender que las horas transcurridas desde su separación habían sido tan agitadas para él como para ella.

Cuando el joven entró en la sala, su cara estaba radiante de felicidad. Se acercó con expresión franca y alborozada a la señora Browne, que no sabía bien cómo recibirle: como el novio de Maggie o como el hijo del hombre más importante que conocía.

—He de decir, señor —exclamó—, que le estamos muy agradecidos por el honor que ha dispensado a nuestra familia.

Él la miró con bastante perplejidad, sin comprender de qué hablaba; pero, cuando cayó en la cuenta, le contestó con una sinceridad y una alegría que destilaban respeto por su futura suegra.


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