La casa del paramo
La casa del paramo —Y yo he de decir que estoy inmensamente agradecido por el honor que un miembro de su familia me ha concedido a mÃ.
Cuando Nancy trajo el té, llevaba su vestido veraniego de los domingos; era la primera vez que se lo ponÃa sin tener que ir a la iglesia.
Después del té, Frank pidió a Maggie que diera un paseo con él; en consecuencia, subieron la ladera cubierta de brezo y caminaron por los páramos, tan extensos e ilimitados como su amor.
—¿Se lo has contado a tu padre? —inquirió Maggie, con el alma en vilo.
—Sà —respondió Frank.
Pero no dijo nada más; y ella tuvo miedo de preguntarle, aunque se muriera por saberlo, cómo habÃa recibido el señor Buxton la noticia.
—Y ¿qué ha dicho? —exclamó finalmente.
—¡Oh! Le cogió por sorpresa que yo estuviera enamorado de ti; y le cuesta aceptar cualquier situación nueva. Pensaba, al parecer, que Erminia y yo acabarÃamos casándonos; pero, siempre que ella y yo hemos hablado de este asunto, hemos llegado a la conclusión de que, aunque no hubiera nadie más en el mundo, jamás nos enamorarÃamos. Erminia es una jovencita muy sensata, a la que no le extraña nada que los hombres se enamoren de ti. Vamos, Maggie, no agaches la cabeza; déjame verte unos instantes la cara.