La casa del paramo

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—Lamento que a tu padre no le guste —dijo Maggie, tristemente.

—Yo también. Pero tenemos que darle tiempo para que se haga a la idea. No te preocupes, a la larga le encantará; tiene demasiado buen gusto y es demasiado bueno para seguir en sus trece. Tienes que gustarle a la fuerza.

Frank prefirió no contarle a Maggie la violencia con que su padre se oponía a aquel noviazgo. Al principio se había quedado sorprendido y molesto por el modo en que el señor Buxton se aferraba a la idea de que tenía que casarse con su prima, porque, fueran cuales fueren sus sentimientos, ella estaba enamorada de él. Pero después, al sincerarse con Erminia, había descubierto, según le contó a Maggie, que ésta tampoco conocía los planes de su tío; y se alegraba casi tanto como él de cualquier contingencia que viniera a frustrarlos.

Y Erminia se presentó en casa de su amiga al día siguiente, en cuanto Frank se marchó a Cambridge. Al igual que siempre, dejó su caballo al cuidado del palafrenero, cerca de los abetos que crecían en lo alto del páramo, y bajó corriendo la cuesta. Maggie salió a su encuentro, asombrada aún de que las palabras de Frank pudieran ser ciertas; y de que Erminia, a pesar de haber vivido en la misma casa que él, no se hubiera rendido a sus encantos. Erminia la abrazó, y las dos se sentaron juntas en los escalones del patio.


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