La casa del paramo

La casa del paramo

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—¿Frank te ha contado eso? Bueno, supongo que ya no tendremos más secretos de familia —exclamó Erminia, riendo—. Pero puedo asegurarte que lady Adela Castlemayne, la hija del duque de Wight, es una rival muy poderosa; se trata de la dama más bella que mi tío ha visto jamás (sólo la vio en la tribuna de las carreras de Woodchester, y no se cruzaron ni una palabra). Y, si ella hubiera aceptado casarse con Frank, mi tío habría seguido insatisfecho mientras la princesa Victoria[13] estuviera soltera; ninguna mujer sería lo bastante buena mientras existiera otra mejor. Pero, Maggie —añadió, sonriendo a su amiga—, te habrías reído un montón, pues creo que bastaría un beso para secarte esas lágrimas, si hubieras visto cómo me ha mimado hoy mi tío. Está convencido de que he sufrido un desengaño amoroso, así que no ha dejado de mirarme en todo el desayuno; y, después de comerme varios huevos y no sé cuántas tostadas, ha tocado la campanilla para pedir un delicioso pescado en conserva. Yo no sabía que era para mí, y, cuando lo han traído y he dicho que no me apetecía, ha suspirado de lo más melancólico y ha dicho: «¡Mi pobre Erminia!». Si Frank no hubiera estado allí, terriblemente abatido, estoy segura de que habría soltado una carcajada.

—¿Estaba Frank muy abatido? —preguntó Maggie, angustiada.


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