La casa del paramo

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El señor Buxton intentó tranquilizarse pensando que Frank cambiaría de opinión si veía un poco más de mundo; pero, por alguna razón, no las tenía todas consigo. Lo peor era que no se podía decir nada en contra de Maggie, aunque careciera de los atributos que él deseaba para la mujer de su hijo. Su familia era tan perfectamente respetable (aunque demasiado humilde para las elevadas aspiraciones del señor Buxton) que tampoco se podía objetar nada en ese sentido; el gran delito era su posición económica. Y, aunque ésta fuera la única razón para oponerse a aquel compromiso, lo cierto es que se sentía indignado. Se volvió muy distante con Frank; algo tan contrario a su naturaleza expansiva y cordial que empezó a estar malhumorado con todo el mundo menos con Erminia. Le costaba mucho ser amable con Maggie. Como todas las personas habitualmente efusivas, se pasaba al otro extremo cuando quería mostrarse un poco frío. Por muy furioso que estuviera con los acontecimientos que la joven había desencadenado, ésta era demasiado dulce e inocente para ser tratada con algo más que frialdad; pero la torpeza del señor Buxton era tan grande que pocos hombres de mundo, al encontrarse con su peor enemigo —sabiendo ambos el odio que se inspiran—, son capaces de manifestar tanta tibieza y desapego. Mientras Maggie seguía tranquilamente su camino, queriéndolo más que nunca por su amabilidad de otros tiempos y porque era el padre de Frank, el señor Buxton la rehuía de un modo tan descarado y doloroso que ella acabó por salir apresuradamente de la iglesia o por rezagarse para evitar encontrarse con él en el único lugar donde se verían forzados a hablar; pues había dejado de ir a la querida casa de Combehurst, aunque Erminia fuera a verla más que nunca.


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