La prima Phillis

La prima Phillis

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No hay mucho que contar sobre el primer año que pasé en Eltham. Pero cuando estaba a punto de cumplir diecinueve años, y empezaba a pensar en mis propios bigotes y patillas, conocí a la prima Phillis, cuya existencia había ignorado hasta entonces. El señor Holdsworth y yo habíamos pasado todo el día en Heathbridge, trabajando de firme. Heathbridge estaba cerca de Hornby, pues ya se había construido más de la mitad de nuestra línea ferroviaria. Por supuesto, una salida de un día entero era algo magnífico para mis cartas semanales, y me puse a describir el paisaje, defecto del que no solía poder culpárseme. Hablé a mi padre de los pantanos, cubiertos de mirto silvestre y suave musgo; y de la desigual firmeza del terreno por el que debíamos llevar las vías; de cómo el señor Holdsworth y yo (que habíamos pasado allí dos días y una noche) habíamos almorzado en Heathbridge, un pueblo precioso de las cercanías; y de cómo esperaba volver a menudo, pues la inestabilidad de aquel terreno movedizo estaba volviendo locos a nuestros ingenieros: en cuanto lograban afianzar una parte de la vía, el otro extremo se hundía. (Como puede verse, no pensaba en los intereses de los accionistas: teníamos que construir una línea nueva en un terreno más firme antes de terminar aquel ramal). Le conté todo esto con mucho detalle, dando gracias a Dios por haber conseguido llenar la página. A vuelta de correo me enteré de que una prima segunda de mi madre estaba casada con el pastor de la Iglesia independiente de Hornby, un tal Ebenezer Holman, y que vivía en Heathbridge; el mismo Heathbridge del que yo les había hablado, o eso creía mi madre, pues nunca había visto a su prima Phillis Green, una especie de rica heredera (según decía mi padre), ya que era hija única y el viejo Thomas Green debía de haberle dejado una propiedad de cerca de cincuenta acres. Los sentimientos familiares de mi madre parecieron exaltarse con la mención de Heathbridge, pues mi padre me comunicó su deseo de que, si volvía a ese lugar, preguntara por el reverendo Ebenezer Holman; y, si éste residía allí, averiguara si estaba casado con una tal Phillis Green. En caso de que las dos respuestas fueran afirmativas, tenía que ir y presentarme como el hijo único de Margaret Manning, de soltera Moneypenny. Cuando comprendí lo que se me venía encima, me enfurecí conmigo mismo por haber hablado de Heathbridge. Un pastor de la Iglesia independiente, me dije, era suficiente para cualquier hombre; y yo ya conocía al señor Dawson (para ser más exactos, había aprendido el catecismo con él los domingos por la mañana), el pastor de mi pueblo, y tenía que ser muy educado con el anciano Peters en Eltham, y comportarme cinco horas seguidas cuando me invitaba a tomar el té. Y justo ahora, mientras sentía cómo el viento soplaba a su antojo, tenía que buscar a otro pastor en Heathbridge, y tal vez tuviera que ir a su catequesis o a tomar el té en su casa. Y tampoco me gustaba imponer mi presencia a unos desconocidos, que quizá no hubieran oído jamás el apellido de mi madre —¡Moneypenny, apellido raro donde los haya!—. Y, de haberlo oído, sin duda habrían mostrado tan poco interés por ella como ella por ellos hasta mi desafortunada alusión a Heathbridge.


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