La prima Phillis
La prima Phillis Dinah y Hannah Dawson —ésos eran los nombres que figuraban en el letrero de la entrada de la tienda, aunque yo las llamara siempre señorita Dawson y señorita Hannah— consideraban mis visitas a casa del señor Peters el mayor honor que podía tener un joven; y evidentemente pensaban que, si después de semejante privilegio, no buscaba la salvación, era una especie de Judas Iscariote de nuestros días. Por el contrario, movían la cabeza reprobadoramente al ver mi relación con el señor Holdsworth. Éste había sido tan amable conmigo que, cuando empecé el jamón, di vueltas a la idea de invitarle a tomar el té, sobre todo porque se celebraba la feria anual en la plaza del mercado de Eltham, y los tenderetes, tiovivos, animales salvajes y demás pompas rurales resultaban (a mis diecisiete años) un espectáculo fascinante. Pero, cuando me atreví a mencionar vagamente mi deseo, la señorita Hannah me cogió por banda para decirme que era pecaminoso mirar aquello, y algo sobre revolcarse en el fango, y luego saltó a Francia y empezó a criticar el país y a todos los que alguna vez habían puesto los pies en él; y cuando comprendí que su ira se centraba en un punto, y que ese punto era el señor Holdsworth, decidí acabar mi desayuno y dejar lo antes posible de oír su voz. Casi me extrañó ver después cómo contaba alegremente con su hermana las ganancias de la semana, diciendo que una pastelería en la plaza del mercado no era un mal negocio la semana de la feria de Eltham. Sin embargo, nunca me atreví a invitar a casa al señor Holdsworth.