La prima Phillis
La prima Phillis Todos los sábados escribía a casa para contarles lo que había hecho esa semana, pues mi padre había insistido en ello; pero mi vida era tan poco variada que solía tener dificultades para llenar una sola hoja. Los domingos iba dos veces a la iglesia, y subía los escalones oscuros y estrechos de la entrada para escuchar los monótonos himnos, las largas plegarias y el interminable sermón que dirigía el pastor a una pequeña congregación, de la que yo era, con mucho, el miembro más joven. De vez en cuando, el señor Peters me invitaba a tomar el té después del segundo servicio religioso. Era un honor que temía, pues me pasaba la tarde sentado en el borde de una silla, respondiendo a las preguntas solemnes que él me formulaba con su voz grave y profunda, hasta que a las ocho, la hora de la oración en familia, aparecía la señora Peters, alisándose el delantal, seguida de la criada para todo. Después de un sermón y de la lectura de un capítulo, rezábamos arrodillados una larga oración improvisada, hasta que algún instinto le decía al señor Peters que era hora de cenar, y los cuatro nos poníamos en pie muertos de hambre. Mientras comíamos, el pastor contaba un par de chistes sin ninguna gracia, como si quisiera demostrar que los clérigos, después de todo, eran seres humanos. A las diez me iba a casa, y, antes de acostarme, daba rienda suelta en mi habitación de tres esquinas a los bostezos hasta entonces reprimidos.
