La prima Phillis

La prima Phillis

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Ya he dicho que, desde que nos trasladamos a Hornby, nuestros contactos con la granja se volvieron casi diarios. La prima Holman y yo éramos los que menos teníamos que ver con aquella intimidad. Con frecuencia, el señor Holdsworth, después de recobrar la salud, solía hablarle de cuestiones incomprensibles para ella, en un tono ligeramente jocoso para que se sintiera más cómoda. Supongo que trataba a la prima Holman de ese modo porque no sabía de qué hablar con una mujer meramente maternal, que nunca había cultivado su intelecto y cuyo amante corazón estaba completamente ocupado por su marido, su hija, los asuntos domésticos y tal vez ciertas preocupaciones de los miembros de la congregación de su marido —ya que éstos, de algún modo, pertenecían a su marido—. Yo había visto cernirse sobre ella la sombra de unos celos fugaces incluso de Phillis, cuando padre e hija parecían compartir intereses y aficiones que escapaban a su comprensión. Lo había notado el día en que les conocí, y había admirado la delicadeza y el tacto con que el pastor, en esas ocasiones, llevaba nuevamente la conversación a los asuntos en que su mujer, maestra en la vida cotidiana, era una autoridad, mientras Phillis, que sentía adoración por su padre, seguía maquinalmente su ejemplo, sin que en su veneración filial fuera consciente de lo que empujaba a su progenitor a cambiar de tema.



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