La prima Phillis
La prima Phillis Cualquier persona acostumbrada al mundo habría sabido que hablaba en broma; pero Phillis no era una de ellas, y aquello le dolió, o, más bien, la dejó perpleja. «Poco cristiano» era para ella algo muy serio; no podía decirse tan a la ligera. Y, aunque no entendía exactamente qué delito le imputaba el señor Holdsworth, era evidente que quería refutar su acusación. Al principio, la gravedad con que empezó a negar su mala intención divirtió a Holdsworth, que continuó con su pequeña chanza, lo que aumentó el desconcierto de mi prima. Pero luego Holdsworth dijo en voz baja algo con mucha seriedad que no alcancé a oír, y ella se calló y se puso colorada. Al cabo de un rato apareció el pastor, toda una masa en movimiento de chales, capas y paraguas. Phillis no se despegó de su padre en todo el camino de vuelta. Me dio la impresión de que se apartaba de Holdsworth, aunque éste se hubiera dejado de bromas y siguiera dispensándole el mismo trato de siempre: afable, protector y considerado. Por supuesto, se armó un buen alboroto cuando llegamos todos mojados; pero, si menciono aquella tarde fue porque me quedé con la curiosidad de saber qué le había dicho Holdsworth a Phillis para que enmudeciera, y porque, al recordar su relación a la luz de los acontecimientos que siguieron, aquella noche tuvo una especial relevancia.