La prima Phillis

La prima Phillis

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—No es más que un chaparrón —dijo el pastor—. ¡Quiera Dios que el heno pueda salvarse! Pero no parece que vaya a escampar. Será mejor que vaya a casa corriendo y os traiga ropa de abrigo; con esos truenos y relámpagos, los paraguas no son seguros.

Tanto Holdsworth como yo nos ofrecimos a ir en su lugar; pero él se negó, aunque quizá habría sido más prudente que Holdsworth, que ya estaba empapado, no dejara de moverse. Cuando el pastor se hubo ido, Phillis salió medio en cuclillas y vio el páramo azotado por la tormenta. Algunos de los instrumentos de Holdsworth seguían bajo la lluvia. Sin previo aviso, mi prima salió de aquel refugio a la carrera, los recogió y volvió con ellos triunfalmente al rincón donde nos acurrucábamos. Holdsworth se había puesto de pie, sin saber muy bien si debía ayudarla o no. Phillis llegó corriendo, con el largo y precioso cabello empapado y ondeando al viento, los ojos alegres y brillantes y las mejillas frescas y lozanas por la lluvia y el esfuerzo.

—Bueno, señorita Holman, a eso lo llamo yo ser testaruda —dijo Holdsworth, cuando ella le entregó sus instrumentos—. No, no pienso darle las gracias —su expresión no podía ser más agradecida—. Usted se ha disgustado porque pensaba que yo me había mojado por su culpa; así que ha decidido que yo me sienta tan mal como usted. ¡Ha sido una venganza muy poco cristiana!


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