La prima Phillis
La prima Phillis Seguimos midiendo el terreno unos cinco minutos más mientras el cielo se cubría de nubarrones. Entonces cayó el cegador relámpago y el casi inmediato estruendo del trueno en lo alto de nuestras cabezas. Y cayó antes de lo que yo esperaba, y antes de lo que ellos habían previsto. Empezó a llover de un modo torrencial. ¿Dónde podríamos guarecernos? Phillis no se había cambiado para salir, y no llevaba ni chal ni sombrero. Con la rapidez de uno de aquellos vertiginosos relámpagos, Holdsworth se quitó la chaqueta y envolvió con ella el cuello y los hombros de la joven, y, casi sin mediar palabra, nos condujo a toda prisa al mísero resguardo que nos brindaba uno de los montículos de arena. Y allí nos quedamos acurrucados los cuatro, muy juntos. Phillis, en el rincón más protegido, apenas podía sacar los brazos para quitarse la chaqueta, con la que intentaba, a su vez, tapar un poco los hombros de Holdsworth. Y al hacer ese movimiento rozó su camisa.
—¡Oh! ¡Está usted empapado! —exclamó, consternada—. ¡Cuando todavía no está bien del todo! ¡Oh, señor Holdsworth! ¡Lo siento tanto…!
El señor Holdsworth volvió un poco la cabeza, y le contestó sonriendo:
—Si me resfrío, seré el único culpable por haberles engatusado para que vinieran conmigo.
Pero ella se limitó a repetir:
—Lo siento tanto…