La prima Phillis

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Pero volvamos a Holdsworth. En más de una ocasión, el pastor me había hablado de él con cierto recelo, debido principalmente a la sospecha de que sus despreocupadas palabras no eran siempre sensatas y veraces. Pero el hecho de que el pastor me hiciera partícipe de ese defecto que veía en él era más una protesta contra la fascinación evidente que Holdsworth ejercía sobre él: como si quisiera hacerse más fuerte para no sucumbir a su magnetismo. A Holdsworth, por su parte, le cautivaban la rectitud y la bondad del pastor, y le deleitaban su claro intelecto y su firme y bienintencionado afán de conocimiento. Jamás he conocido a dos hombres que disfrutaran tanto juntos. Con Phillis, Holdsworth continuó siendo una especie de hermano mayor: orientaba sus estudios hacia nuevos campos, lograba con paciencia que expresara sus ideas, perplejidades y teorías inmaduras, sin caer casi nunca en el tono jocoso que a ella le costaba tanto entender.

Un día en que, durante la cosecha, Holdsworth había estado dibujando en una hoja de papel espigas de trigo y carros tirados por bueyes y cargados de uvas mientras hablaba con Phillis y conmigo —y la prima Holman nos dedicaba alguno de sus comentarios poco pertinentes—, le dijo de pronto a Phillis:



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