La prima Phillis
La prima Phillis —No mueva la cabeza. ¡Voy a hacerle un boceto! He intentado muchas veces dibujarla de memoria, y no he podido; pero creo que ahora lo conseguiré. Si me sale bien, se lo regalaré a su madre. Le gustarÃa tener un retrato de su hija como Ceres[17], ¿verdad, señora Holman?
—Claro que sÃ… me encantarÃa; gracias, señor Holdsworth. Pero, si le pone esas briznas de paja en el pelo —él sostenÃa sobre la cabeza inmóvil de la joven unas espigas de trigo, y calibraba su efecto con mirada artÃstica—, acabará despeinándola. Phillis, querida, si te van a hacer un retrato, sube al piso de arriba y péinate bien.
—De ningún modo. Disculpe, señora Holman, pero quiero que tenga el pelo suelto y un poco enredado.
Empezó a dibujar, con la vista clavada en Phillis. Advertà que aquella mirada turbaba a mi prima: el color de su tez iba y venÃa y su respiración se aceleraba al sentir los ojos de Holdsworth fijos en ella. Cuando, por fin, él dijo: «MÃreme un momento, necesito captar la expresión de sus ojos», ella alzó la vista, se estremeció y, poniéndose súbitamente en pie, abandonó la estancia. Él no dijo nada, y siguió con otra parte del retrato; pero su silencio fue muy poco natural, y sus mejillas oscuras palidecieron un poco. La prima Holman levantó la mirada de su labor, y se bajó las gafas.
—¿Qué pasa? ¿Adónde ha ido?