La prima Phillis

La prima Phillis

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Holdsworth no respondió y continuó dibujando. Me sentí obligado a decir algo; era bastante estúpido, pero la estupidez en aquel momento era mejor que el silencio.

—Iré a llamarla —exclamé.

Así que me dirigí al vestíbulo y luego al pie de la escalera. Pero, en el preciso instante en que iba a gritar su nombre, bajó corriendo con el sombrero puesto y, diciendo que se iba a Cinco Acres con su padre, salió por la puerta del «párroco», justo delante de los ventanales de la sala de estar, y desapareció por la pequeña verja lateral blanca. Su madre y Holdsworth la vieron pasar, así que no fue necesaria ninguna explicación. La prima Holman y yo discutimos luego largo y tendido si habría tenido demasiado calor en la sala, o qué podría haberla empujado a marcharse de forma tan intempestiva. Holdsworth estuvo muy silencioso el resto del día; y tampoco continuó con el retrato motu proprio, sólo cuando la prima Holman se lo pidió en su siguiente visita. Él le aseguró que no necesitaba que Phillis posara formalmente para un dibujo tan mediocre como el que, sin duda, acabaría haciendo. Phillis se comportó como siempre cuando nos volvimos a ver. Nunca dio la menor explicación de por qué había salido corriendo aquel día de la sala.


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