La prima Phillis
La prima Phillis Las cosas siguieron igual, al menos en lo que a mí respecta, o por lo que yo recuerdo, hasta que llegó la gran recolección anual de la manzana. Las noches eran heladas; las mañanas y las tardes, neblinosas, pero a mediodía brillaba el sol, y uno de esos mediodías en que Holdsworth y yo estábamos en la línea cerca de Heathbridge, sabiendo que era el tiempo de recoger las manzanas, decidimos acercarnos a la granja mientras nuestros trabajadores almorzaban. Las cestas de ropa llenas de manzanas entorpecían el paso y perfumaban la casa, y reinaba en ella una atmósfera de alegría y regocijo con los últimos frutos del año. Las hojas amarillas, en los árboles, se disponían a caer en cuanto soplara la más leve brisa; los grandes arbustos de margaritas silvestres exhibían sus últimas flores. No nos quedó más remedio que probar los frutos de varios árboles y opinar sobre su sabor; y nos llenamos los bolsillos con las manzanas más deliciosas. Cuando entramos en el huerto, Holdsworth mostró su admiración por una antigua variedad de flor que, según nos explicó, no había vuelto a ver desde su niñez. Ignoro si él dedicó o no algún pensamiento más a aquella flor de su infancia, pero yo la había olvidado ya cuando Phillis, que se había esfumado casi al final de nuestra rápida visita, reapareció con un pequeño ramillete de esa flor. Después de atarlo con una brizna de hierba, se puso al lado de su padre para despedirnos y se lo ofreció a Holdsworth. Y vi sus caras. Y lo que vi por primera vez fue una inconfundible mirada de amor en los ojos negros de Holdsworth. Era algo más que gratitud por el detalle: su expresión era tierna, suplicante, apasionada. Phillis volvió la cabeza, turbada, y su mirada se posó en mí; y no sólo para disimular su emoción, sino también por bondad, pues no quería parecer descortés con un viejo amigo, se alejó corriendo para traerme unas rosas chinas de floración tardía. Pero era la primera vez que me hacía un regalo semejante.