La prima Phillis
La prima Phillis —La granja Esperanza está a un tiro de piedra —dijo el servicial posadero, acercándose a la ventana—. Si miran más allá de aquellos macizos de malvarrosas, y más allá del huerto de ciruelos que hay detrás, verán un montón de extrañas chimeneas de piedra. Son las de la granja Esperanza; es una propiedad muy antigua, pero Holman la mantiene en buen estado.
El señor Holdsworth se habĂa levantado de la mesa antes que yo, y estaba en la ventana, mirando. Al escuchar las Ăşltimas palabras del posadero, se dio media vuelta, con una sonrisa.
—Normalmente los párrocos no saben mantener la tierra en buen estado, ¿verdad?
—Perdone, señor, pero debo decir las cosas como son; y el pastor Holman… verá, aquĂ el «párroco» es el clĂ©rigo de la Iglesia anglicana, y estarĂa un poco celoso si nos oyera llamar asĂ a un protestante disidente… El pastor Holman sabe lo que hace tan bien como el mejor granjero de los alrededores. Dedica cinco dĂas a la semana a sus asuntos, y dos dĂas a los del Señor; y es difĂcil decir a quĂ© se consagra con más ahĂnco. Pasa el sábado y el domingo escribiendo sermones y visitando a sus feligreses de Hornby, y el lunes coge el arado a las cinco de la mañana como si no supiera leer ni escribir. Pero se les está enfriando la comida, caballeros…