La prima Phillis
La prima Phillis ¿Podría tratarse de eso? ¿Podría ser ésa la causa de su palidez, de sus ojos sin brillo, de su figura en exceso delgada, de sus sollozos desconsolados? Esta idea me vino al pensamiento como un relámpago en medio de la noche oscura, y arrojó tanta luz sobre las cosas que aún perduraba en mí cuando volvió la oscuridad más lóbrega. Tenía aún el libro en la mano cuando oí los pasos de la prima Holman en la escalera, y, como justo en aquel momento no quería hablar con ella, seguí el ejemplo de Phillis y salí corriendo de la casa. Un manto de nieve cubría el suelo; seguí las huellas de sus pisadas y vi el lugar donde Rover se había unido a ella. Continué andando hasta llegar a un gran montón de leña que había en el huerto —apilada contra la pared trasera de una de las dependencias de la granja—, y recordé que Phillis me había contado en nuestro primer paseo cómo, cuando era niña, había tenido su escondite, su lugar de refugio, bajo aquellos trozos de madera; y cómo solía llevarse un libro para estudiar allí, o alguna labor, cuando no la necesitaban en casa. Era evidente que había vuelto a aquel plácido cobijo de su infancia, olvidando cuán fácil sería para mí seguir sus pisadas en la nieve recién caída. El montón era muy alto, pero, entre los intersticios de los leños, vi su figura, aunque no alcancé a descubrir cómo llegar hasta ella. Estaba sentada sobre un tronco, con Rover a su lado. Tenía la mejilla apoyada en la cabeza del perro y se abrazaba a él, no sólo para que le sirviera de almohada, sino también, y de manera instintiva, para que le diera calor en un día tan gélido. Lloraba muy bajito, como un animal herido, aunque tal vez sus sollozos recordaran más a los gemidos del viento. Rover, orgulloso de sus caricias, y quizá también conmovido por su dolor, golpeaba el suelo con la pesada cola; si bien no movió ni un pelo más hasta que irguió las orejas al oír que me acercaba. Con un ladrido corto y rápido de desconfianza, se levantó de un salto como si fuera a alejarse de su dueña. Tanto él como yo nos quedamos quietos unos segundos. No estaba seguro de que lo que quería hacer fuera sensato, pero no podía soportar que la serenidad de la vida de mi querida prima se viera perturbada por un dolor que —según creía— yo podía aliviar. Pero el oído de Rover era más fino que mi respiración silenciosa: advirtió mi llegada y logró zafarse de Phillis, que intentaba sujetarle.