La prima Phillis
La prima Phillis —Oh, Rover, no me abandones tú también —se lamentó ella.
—¡Phillis! —exclamé; vi que la entrada de su refugio estaba en el otro extremo cuando Rover salió por ella—. ¡Phillis, sal de ahÃ! Estás resfriada, y no te conviene estar en un sitio como éste con un tiempo tan frÃo. Sabes lo mucho que tus padres se disgustarÃan si supieran dónde te has metido.
Ella dio un suspiro, pero me obedeció. Agachándose un poco, salió al exterior y se irguió por completo ante mÃ, en medio del huerto solitario y desnudo. ParecÃa tan triste y sumisa que pensé que debÃa pedirle perdón por mi tono involuntariamente autoritario.
—A veces siento como si me ahogara dentro de casa —dijo ella al fin—. Y de niña venÃa aquÃ, bajo este montón de leña. Has sido muy amable, pero no tendrÃas que haberme seguido. No me acatarro fácilmente.
—Entra conmigo en ese establo, Phillis. Tengo algo que decirte. Además soy incapaz de aguantar el frÃo… como tú.
Supongo que habrÃa vuelto a huir de buena gana, pero parecÃa haber agotado sus fuerzas. No hizo nada por disimular que me seguÃa a regañadientes. El lugar adonde la conduje estaba impregnado del fragante aliento de las vacas, y algo más caldeado que el exterior. Hice entrar a Phillis, y me quedé en el umbral, intentando dar con el mejor modo de empezar. Al final dije: